A doña Guillermina Díaz no le hizo falta asistir a ninguna escuela para chefs. Asistida por una buena educación natural y los luminosos sabores del campo, seguida por las fragancias vivas de la albahaca y la hierbabuena, cierta vez se dispuso a colocar un merendero -al que llamó Niní- y entonces sus guisos conquistaron el paladar de cuanto forastero agrícola se apareció por Villa Juárez. Sin embargo, al paso de los años -debido al cansancio-, puso fin a tres décadas de historia en la cocina; pero sucedió que 12 años después, su hija, Elisa Pérez Díaz -heredera de la sazón- decidió continuar con la tradición y estableció su propio negocio, bautizado con su nombre de pila y una leyenda de factura inevitable: ‘Con la sazón de Niní’. Y muchos de aquellos forasteros volvieron a ser felices.

No fui solo. Me llevó una excelente amiga. Y lo que yo vi fue un lugar sin pretensiones, decorado con tonos vivaces y provisto de un ambiente familiar, como si hubiese llegado al comedor de casa. Me encantó la sola idea de ir hasta Villa Juárez tras La Ruta del Paladar, absolutamente convencido de que iba a vivir una experiencia gastronómica singular, porque no muy seguido se tiene la oportunidad de degustar platillos con verduras y legumbres frescas, porque lo que allí abundan, según sea la temporada, son los tomates, el pepino, la berenjena, los ejotes, la cebolla, los chiles morrones, jalapeños, serranos y poblanos. Y todo cuanto producto emerge de la generosa tierra.

Allí no ronda lo excéntrico, aunque Elisa sería capaz de proveerle el toque, porque estuvo en Casserole para ampliar su cultura gastronómica, luego de una situación: le llegó un hindú que no comía carne y él mismo dijo que los espárragos los quería de este modo y las verduras de aquel otro. Fue cuando ella concluyó que debía estudiar, caramba, porque extranjeros nunca iban a faltar en sus mesas -como sucede-, atraídos por la vida agrícola de Villa Juárez. Pero a mí me sirvieron un espléndido hígado encebollado, recién hecho, que lo supe por el tono y la textura de la proteína, esto es, con un marrón externo no tan pronunciado y un interior ligeramente rosado. El platillo incluyó huevo frito, porción de frijoles guisados y tiras de un queso fresco riquísimo. Del frijol, quiero decir, guardo un exquisito recuerdo: lo terminan de cocer con manteca de puerco a punto de humo.

Ah, la salsa, con ese picor aguerrido y chispeante, esta vez preparada con chiles serrano y de árbol, que tateman junto con el ajo y tomate, antes de machacar los ingredientes. Y pues al estilo campirano: una degustación con tortillas de maíz recién salidas del comal.


Y me quedé con las ganas de probar la ‘cazuela’, que muy seguido piden los agricultores y los ingenieros que visitan el restaurante ‘Elisa’, pero en realidad quedé ahíto con el desayuno. Pero volveré, fíjese, tras la sazón heredada por doña Guillermina, la mujer que le puso sabor a Villa Juárez.

Si va rumbo a Eldorado, anímese y doble a la derecha hacia la carretera ‘la 20’, y justo en el entronque con ‘la 50’, ya en la entrada a Villa Juárez, está el restaurante Elisa, frente a la gasolinera. Mi platillo sólo cuesta $85.00. Rico y económico. Y es todo.

Escríbame: contacto@al100xsinaloa.com

Fotos: Cortesía

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