Decía Elena Poniatowska que, en su canto y actitud, Amparo Ochoa defendía menos a las mujeres norteñas, porque éstas suelen defenderse solas y le pegan al marido si les da la gana.

Así nos imaginamos a doña Sofía Martínez Sarabia cuando la vimos en medio del trajín, cascando leña y encendiendo el horno de tierra y ladrillos, usando nada más sus manos para preparar el montón de masa para las conchas, el pan de mujer, las empanadas y los coricos, corriendo de aquí para allá, con el ojo en vigilia para que nadie hiciera lo indebido de acuerdo a su sabiduría de panadera, enérgica, segura de sí misma. Una mujer cabal, sin dobleces, impuesta a darle de jirones a la vida para salir adelante, ella y sus hijos. O viceversa. Una señorona, en toda la extensión del término.

 A Sofía Martínez nada la detiene. Vino a Culiacán desde El Potrero, Cosalá, cargando con lo necesario para ofrecer sus altas dotes de cocinera tradicional, igual como se esforzó cuando hizo acto de presencia en el Sexto Foro Mundial de la Gastronomía Mexicana 2018, en Long Beach, California, como parte de la comitiva del Conservatorio de la Cultura Gastronómica Sinaloense, a donde llegó con todo y las hojas para los tamales y la pasta de calabaza para las empanadas. A veces, las rutas del paladar son misteriosas, como esta vez en la que no fuimos tras ellas, sino que llegó a nosotros con todo el aroma de los montes, de la tierra mojada, de los vientos y de las lluvias cosaltecas.

 Y no hay en esto ninguna exageración, porque Sofía Martínez es una mujer emprendedora, jamás débil, quien nunca ha dado de grititos, pidiendo ayuda, porque se ha pinchado un dedo, sino que se ha aplicado para arreglárselas sola, como cuando en tiempo de aguas acude a la parcela, que renta, para limpiar la tierra y luego sembrar el maíz de donde obtiene el grano para el pozole, la masa de los coricos y la hoja para el tamal; o la calabaza, que habrá de convertir en dulce para el relleno de las empanadas. Y no es que haya ideado estar a la moda en cuanto a la preparación y consumo de alimentos orgánicos, mire que no, puesto que a la cepa campesina ni maldito lo que le importa; o lo que, incluso, es más latente: ni siquiera sabe que existe. Sencillamente lo ejercitan del modo más natural del mundo, tal como la gente del campo lo ha venido haciendo desde épocas inmemoriales.

 Y la vimos allí, bajo la techumbre del Instituto de Ciencias y Artes Gastronómicas, afanosa, con todos los preparativos para hornear delicias que más tarde perfumarían el aire, pondrían en alerta nuestros sentidos degustativos y dejarían constancia de que aún existen cocinas como Dios manda, esto es, que devienen de épocas originales, que suenan como el río tumultuoso que choca sobre piedras blancas y enormes, semejantes a huevos prehistóricos. Sí, porque Sofía Martínez Sarabia es como la hacendosa Úrsula Iguarán, personaje de la novela Cien Años de Soledad, de García Márquez, quien hacía los gallitos de dulce que celebraba todo aquel cuanto vivía en el mágico Macondo.

 Fuimos testigos del prodigio de sus panes, de los que hablaremos en la siguiente entrega, porque concluimos en que nos sabrían mejor si los considerábamos como harina de otro costal. Se trata de La Panadería de Sofía, de El Potrero, Cosalá. Y es todo. Escríbanos: contacto@al100xsinaloa.com

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